13 noviembre 2009

Fin de semana sin fin

Estoy frente al folio en blanco. No sé hasta cuándo. Es lo que tiene aprovechar así un momento libre en el curro. Mis pensamientos fluyen como el tráfico madrileño de los viernes, lenta y atropelladamente. Tan sólo las escurridizas motos (llámese ideas fugaces pero útiles) consiguen serpentear entre los anchos vehículos que no sobrepasan los 20 km por hora.

Por cierto, odio profundamente a todo aquél que en la carretera se espera al final de una salida para meterse, riéndose de esta forma del resto que estamos esperando media hora en el carril que nos corresponde. Sólo verles meterse en un pequeño hueco y abrirse paso a trompicones hace imaginármelos con una sonrisa de satisfacción por lo "listos" que creen ser. "Panda de pringados que se quedan aquí parados, con lo fácil que es lo que yo hago", pienso que pasa por su desfuncional cerebro mientras realiza su maniobra maestra. "Grandísimo hijo de puta", piensa un servidor

El café me acompaña cual turbo o nitro (por no abandonar la analogía automovilística), pero estamos a viernes y mi cabeza tiene sus limitaciones. Tras una semana de reuniones, rodajes, digitalizaciones, clases y encuentros con amig@s, ha llegado el principio del fin (de semana, se entiende).

Pero, entre un viernes de concierto (o conciertazo mejor dicho), un sábado de cena con ex compañeros laborales y un domingo de maldita resaca (me lo veo venir) aparecerá sin previo aviso el temido lunes, cargado con nuevos quehaceres y responsabilidades. Y es que es completamente cierta esa frase que reza: "si hiciéramos lo que nos diera la gana sería como un fin de semana sin fin".